Alejandro Tapia y Rivera



— A unos ojos —

¿Me preguntas, pintor, que como quiero
que pintes el mirar y la hermosura
de aquellos ojos do el Edén fulgura,
de aquellos ojos por que vivo y muero?

Copia el fulgor de matinal lucero,
de gacela apacible la dulzura,
de la tórtola amante la ternura,
el brillo del diamante lisonjero.

Los habrás de pintar grandes y vivos
donde luzca la antorcha bendecida
del noble meditar, muy expresivos.

Con dulce vaguedad indefinida;
¿quieres darles aun más atractivos
de apasionado amor? dales la vida.

* * *

— A  Elena —

Colúmpiase en el valle una azucena
tan pura y tan galana
como de abril la cándida mañana.
El zumbador que la enamora tierno
de su pudor y su beldad celoso,
no se atreve a libar en su corola
el néctar delicioso;
del sustento es priva
porque lozana y candorosa viva,
y muriera contento
gozando los perfumes de su aliento:
encantadora Elena,
yo soy el zumbador, tú la azucena.

* * *

— Un rayo del cielo —

Tus ojos me miraron
y en bello oriente,
un astro me mostraron
resplandeciente.
Pagó tu labio bello
mi amor sumiso,
y el astro fue destello
del paraíso.

Más en vano encendiste
mi grato anhelo,
y a la tierra trajiste
la luz del cielo,
si en breve has apagado
mi sol querido
y en sombras me ha dejado
tu yerto olvido.

* * *

— Triste la hermosa Borinquen... —

Triste la hermosa Borinquen gemía
arrastrando la mísera pobreza,
ella que el don de perenal riqueza
en sus campos feraces contenía.

El cielo que amoroso la quería
no pudo consentir en su terneza
que sufriese tan bárbara dureza,
la que el yugo del mal no merecía.

De Power escuchó la alta plegaria
(del patriótico amor grato suspiro)
y ordenó que a cambiar la era precaria

en rico bienestar, fuese Ramiro…
Ramiro bienhechor, tu noble historia
grabará Puerto Rico en su memoria.

* * *

— El último borincano —

De la anhelada victoria
perdida ya la esperanza,
podrá tan solo la muerte
aliviar nuestra desgracia.
Al fuego de los cristianos
es la resistencia vana,
y todo cede ante el filo
de sus cortantes espadas.
A sus golpes formidables
tal vez sucumbido haya
el más valiente cacique
de la tierra de Agueinaba;
sin su aliento poderoso
y sin su brazo, ¡oh desgracia!
¿qué intentaremos nosotros
en situación tan amarga?
Los cristianos nunca mueren,
Borinquen su imperio guarda,
¡ah! nuestra vida ocultemos
en las ásperas montañas.

Así las indianas huestes
en su dolor exclamaban,
al ver en Yagüeca un día
destruida su arrogancia.
Unidos luego al caudillo
que fue un tiempo su esperanza,
el intrépido Humacao
que dio nombre a su comarca,
llevaron su duelo triste
a la sierra que elevada
saluda al sol cuando nace
y al Mar del Caribe, guarda.
Allí en aquella eminencia
el cacique, la pujanza
del bravo campeón cristiano
resistiera época larga,
ora asaltando llanuras
o haciendo de sus gargantas
un terrífico baluarte,
testigo de cien hazañas.
Allí sucumbió postrero
de las huestes borincanas-.
Y cuéntase que su sombra
en aquellas cumbres ásperas
do tiempo en tiempo se ofrece
a las vecinas miradas.

Yo imagino que su espíritu
fue bañado en la luz santa,
con que el cielo en su piedad
ilumina allá las almas:
que al sucumbir por su ley,
a ella fiel aunque pagana,
la eterna misericordia
tuvo en cuenta su ignorancia.
Y desde entonces errante
al ver en su tierra alzada
la digna cruz redentora,
se postra y tierna plegaria
eleva desde la altura
que fue su glorioso alcázar,
porque su tierra querida
deba a la cruz bienandanza-.
Tales son los ecos tristes
que allá en noche solitaria,
se escuchan en las alturas
de la ríspida montaña.
Tal la sombra vagabunda
que se divisa postrada,
en el Yunque gigantesco
cuando la luna lo baña-.
Al ver la cristiana grey,
del cacique la arrogancia,
la incansable intrepidez
con que lidió por su patria
y que loco era su empeño;
dio por nombre a la comarca
el de Sierra del Loquillo
y hora Luquillo se llama.

* * *

Alejandro Tapia y Rivera nació en San Juan en el año 1827

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