Pablo Alfaro y Santiago



— La musa en ocios —

No es posible que resista
esa situación del diablo,
y te escribo esta revista
o la "Epístola de Pablo",
(no de Pablo el Evangelista).

Porque me consta, a fe mía,
que a las mujeres, a todas,
estorba la ortografía,
y no quieren esas modas
de amorosa tiranía.

(En la sección de mujeres
no pueden tener ingreso
las "literatas". Son seres
que según los pareceres
carecen de propio sexo).

Y tú me exiges, no obstante,
una puntuación cabal,
pidiéndome suplicante
que a mi cariño incesante
le ponga punto final.

Mis afectos expresivos
no es posible pretender
que enmudezcan, ni tener
que con puntos suspensivos,
el examen suspender.

Esto causa admiración,
y no me explico el por qué;
y pues la razón no sé,
atenta interrogación,
Carmen, te dirigiré.

¿Por qué la ilusión que anida
mi pecho quiere matar?
¡Tal pretensión es suicida,
porque el crimen intentar
es atentar a tu vida!

Pretendes, Carmen, que coma
la pena mi corazón,
que es peor que la carcoma
que en lo desusado toma
gigantesca proporción.

Te reirás de la quintilla
por el símil tan prosaico;
pero es de razón sencilla;
lo arrinconado, lo arcaico,
se ennoblece o se apolilla.

Y aunque parezca una una broma
tiene importancia el asunto;
pues hasta que la carcoma
se fije en un punto y coma
para que se extienda al punto.

Que el triste aviso sería
de ir a hacer a los difuntos
espantosa compañía,
por poner por tu manía
sobre mi boca dos puntos.

Se expresa la simpatía
uniendo los caracteres,
que corriente de armonía
establece entre dos seres
la más bella analogía.

En una palabra, el trato
es la fuente del amor,
que el diligente conato
de darle vida y calor
le hace delicioso y grato.

Si tal hacemos, lo auguro,
ha de ser, aunque imperfecto,
tu cariñoso futuro,
y tú serás, de seguro
mi complemento directo.

No de un modo imperativo
te impongo mis opiniones,
es de un modo indicativo
pues te indico estas razones
por el siguiente motivo:

Porque me parece ver
que eres victima del sino,
creyendo que en tu camino
te ha de deparar el ser
que una al tuyo su destino.

Porque si la fe te ofusca
a ir del destino en pos,
donde el acaso conduzca,
con esto se ofende Dios
que libremente se busca.

Para dar por terminada
esta epístola amorosa,
contéstame, niña amada,
si quieres ser la llamada,
¡la llamada a ser mi esposa!

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